Blog

img081

Cuando escribí El niño telescopio estaba pensando en lo difícil que es para los niños explicar sus sentimientos, emociones y sensaciones. Incluso, aunque estén advertidos de que en el mundo existen personas que no quieren lo mejor para ellos y que deben protegerse, para un niño es difícil alzar la voz y comunicar con claridad qué le está pasando y cómo pudiera sentirse mejor. 

    El niño telescopio es un portavoz para aquellos que no sepan traducir en palabras lo que sienten y para los niños que han visto algo que no les tocaba mirar en esa etapa de su vida. Me han preguntado: «Y bueno… ¿qué es lo que miró el niño telescopio?». Les respondo con otra pregunta: «¿Alguna vez has visto algo y te has quedado mudo sin saber cómo procesar esa información? Pues todos los días un niño o una niña se encuentra con algo que nunca olvidarán y no tendrán las palabras adecuadas para hablar de ello.»     He presentado el libro en universidades, ferias del libro y festivales de lectura para niños y los maestros siempre inician la conversación conmigo diciéndome lo mucho que les servirá el libro para sus clases. Cuando vuelvo a casa reflexiono que no deseo que mi libro «sirva» para algo en específico, pero que si «sirve» y además divierte e invita a la imaginación, ¿quién soy yo para decir para qué sirve leer sobre un niño que tiene telescopios en lugar de ojos? La literatura es eso: libertad. 

    Soy sensible a la realidad de que muchos niños en México han tenido que madurar sin importar lo mucho que puedan explicar cómo se sienten. En algunos casos ni siquiera son consultados sobre sus sentimientos. Me ha pasado, vaya, ni siquiera existe alguien a un lado para platicar si uno quisiera externar lo que nos sucede. Quizá la pregunta implícita —y una obvia invitación— en El niño telescopio sea: «¿Qué te ha pasado a ti? Cuéntame.» Y ahí es donde visualizo a un adulto responsable que le ayude a mis pequeños lectores para reflexionar y preguntarse sobre lo que han visto, y entender que la familia es un observatorio al que podemos acudir para mirar las estrellas y hacia el interior.

     Me queda mucho por escribir, me piden más historias del niño telescopio, una saga por aquí, una historieta por allá, incluso puedo presumir que una compañía se acercó a preguntar por los derechos cinematográficos. Y pudiera suceder cualquier cosa, y el mundo seguiría siendo un lugar donde los niños ven cosas horribles, que les arrebata la niñez en un santiamén y que les destruyen el asombro por la vida con solo recordar aquellas imágenes o sensaciones. 

    La pregunta vuelve, siempre vuelve: «¿Qué miró el niño telescopio?». La respuesta seguiría siendo la misma —con otras palabras—: «¿Alguna vez has visto algo que haya arrebatado la sensación de vivir y te has querido convertir en aire para al menos así olvidar que tienes cuerpo?». Si la respuesta es sí, bienvenido, somos gremio y somos mayoría, hermano. Si la respuesta es no: qué bien, hemos logrado algo importante a través de la literatura, la empatía.

     Eso es lo que quiero y mi razón para recomendar mi libro es que existe un lugar para todos en él, hay una invitación para los lectores y una larga jornada de trabajo con niños y niñas. Espero que reflexionemos juntos y no puedo esperar más tiempo, quiero que me digas qué es lo que miraste. Y si no te acuerdas no pienses, siente. La respuesta vendrá pronto, a su tiempo y envuelta en sensaciones. 

    Cierra los ojos, piensa en las estrellas.

¿Mejor?

Bienvenido, niño telescopio.

Miguel Alberto Ochoa García, autor

Ilustrador del libro: Ángel Castellanos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.