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Los cuentos reunidos en este libro presentan distintos temas y tópicos, pero están unidos por un eje existencial representado por las peripecias de cada personaje. Aquí aparece la ciudad, Tijuana y sus formas urbanas: la calle, la cantina, el departamento, el cuarto; es decir, el espacio íntimo se hace público ante nuestra mirada. Las historias contadas van desde lo personal hasta lo mítico, desde cómo sobrevivir en las calles hasta cómo ser algo tan diminuto como una mosca. Asimismo, el tono de las narraciones oscila entre la crítica ácida y la sombra del existencialismo. Sus personajes a veces pueden ser sarcásticos y graciosos, mientras que otras veces sufren el absurdo de una existencia fatal. De ahí su título, pues es la invención de una existencia individual o colectiva que nos concentra a todos. Concentralia, de Jesús Ernesto García, inaugura la colección de cuento Knock out! de nuestra casa editorial.

Te compartimos uno de los cuentos que podrás encontrar en este libro.

Las moscas del Señor

El contenedor verde de metal oxidado rezumaba podredumbre, exhalaba esos olores rancios y agridulces que voltean al estómago. Chorreaba un líquido viscoso, miasma pestilente que solamente era detritus humano, energía acumulada que podrían hacer renacer la tierra: alfa y omega; la alfalfa y la hormiga, ciclo de vida. Dentro de él revoloteaba una cornucopia de moscas: pardas, azules, verdes, moradas, trigueñas, alazanas, naranjas, negras, cafés; en fin, un arcoíris impresionista de alas diminutas.
En ese universo de basura estaba una que mantenía muy buena relación con otras doce, a quienes reunió una noche para decirles en el lenguaje espontáneo y dinámico de las moscas:
—Creo que me van a matar, y una de ustedes será la que me traicione…
—¡No maestro, no puede ser! —dijo la mosca más joven.
—Me niego a pensar en eso. —La más incrédula, quien siempre estaría negándolo todo, incluso al maestro en su momento.
La mosca más callada y flaca fue la única que no preguntó nada, pero se acercó al maestro y le succionó los residuos que aún traía en sus alas.
—¡Pero yo no quiero morir! ¡No ven que este mundo no es el centro del universo! ¡Somos una fracción pequeñísima de él! ¡Es que acaso no han entendido nada de lo que les he enseñado!
—Tienes que morir para el perdón de nuestros pecados… —La mosca flaca levantó la voz mientras las moscas panteoneras removían la cáscara de plátano que les servía de salón. Entraron las grandes moscas panteoneras centuriones y se llevaron al maestro, mientras éste gritaba en el camino:
—¿Cuáles pecados, cuál infierno, cuál universo? ¡Somos moscas, por el amor de Dios! ¿Y cuál Dios? ¡El Dios Mosca! ¡El Señor de las Moscas!
Tiempo después, antes de la gran purga, momento en que se recoge la basura, estarían unas moscas viejas (que lograron vivir casi dos meses) transmitiendo el testimonio de la resurrección del que había sido el Mesías, contando a las moscas jóvenes cómo éste se había elevado más allá de la tapa del contenedor, hacia los cielos donde moraría con el Señor de las Moscas.
Las que se negaron a creer fueron exiliadas del contenedor. Las que mantenían su escepticismo dentro del verde metal del universo mosquífero sufrieron grandes persecuciones, les arrancaban las alas, las encerraban en botellas de cloro desechadas en medio de la multitud de moscas, para que escarmentaran y nadie se atreviera a dudar del enviado divino, la mosca que limpió los pecados de todas las moscas con su muerte.
La palabra se esparció por todo el contenedor, llenó de temor y reverencia el exoesqueleto de cada mosca. Ahora el rito congregaba dentro de un templo de bolsas del OXXO a cada mosca, frente a un altar de cáscara de plátano, postradas ante el moscón negro que oficiaba el rito diciéndoles:
—¡Hermanas! ¡La vida es un instante! La vida es un soplo divino que el Señor nos entrega para alabarlo, para que cada aleteo y cada movimiento de nuestras patas le adoren. En cualquier momento cesaremos nuestros movimientos, en un instante nos desvaneceremos entre los restos de la purga divina, entregando el alma. Así, oremos y recordemos las palabras sabias de nuestro salvador en la última cena… —Sacó un pedazo de excremento y continuó.
Después tomó la mierda, dio gracias, la partió y la dio a sus discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía”. Y después de la cena, hizo lo mismo con el aceite podrido diciendo: “Este es el cáliz de la nueva alianza sellada con mi pus, que se derrama por ustedes…”